En mi país ideal las personas hibernan más que osos polares y hay palomas disecadas en todos los baños; nadie busca el sentido de la vida porque el hecho mismo de buscar es ir contrasentido. Siempre se desayuna, da igual la hora, las cenas han perdido su razón de ser y de las meriendas mejor ni hablamos. (Relájate). De camino a ninguna parte siempre lees la misma frase: culpable. Pero no hay de qué preocuparse, al fin han instalado dosificadores de Subidones y Orgasmos contra el miedo y la tristeza, a largo plazo no sirven pero, ¿quién piensa a largo plazo? Además, huelen tan bien. (Disfruta). En mi país ideal las personas han olvidado cómo formar frases, ya no miran a los ojos y la autodestrucción se ha vuelto algo vintage, te lo prometo, es lo más. Todo es bastante bonito, hay filtros muy variados. (No tienes que sentirte mal)
Y aquí viene la mejor parte: Quiero que vengas conmigo.
No sé, supongo que Knut la miró a los ojos y con eso bastó. El hecho es que salió de allí en una vieja bolero negra con la cabeza desbordada de pensamientos, ideas, recuerdos y proyectos tan mezclados entre sí que sólo veía un color: el marrón. Marrón café, ni muy oscuro ni muy claro, marrón-mojón. No salía nada de dentro. Incon-gru-encia. Palabras desperdigadas. Frío. Banco. Saber, querer ¿qué? Pedaleando llegó hasta unas interminables escaleras, qué remedio -debo hacer más ejercicio y escuchar música nueva-. Una vez arriba, giró la llave, tomó impulso y saltó para caer de cabeza sobre una textura blanda, tibia y confortable. La marmota Phil ha dicho que el invierno durará seis semanas más. Aun puedes dormir cinco minutos.
1 hora, 22 minutos y 7 segundos se tarda en llegar en invierno desde la estación de trenes de Munich hasta la de Kempten, montado en uno de esos asientos mullidos con el forro rasgado de tanto uso.
Ese curso me habían contratado por primera vez como profesora adjunta en la Universidad FH Kempten, nunca antes había dado clases. En realidad, siempre había creído que no sobreviviría los 27, como aquellas viejas glorias de la música. Debía levantarme muy temprano para no coincidir en plena hora punta y así meter la bicicleta dentro del tren. A medida que nos acercábamos a nuestro destino podía ver a través de los ventanales como un blanco grisáceo brotaba tímidamente y en minutos se extendía hasta cubrir por completo el suelo. El sol también iba despertándose, aunque a veces aturdido por el frío, como yo.
Ese año también empecé a vivir con Olliver cerca de Holzstraße, en un estudio que había heredado de sus padres. Sólo pagábamos luz, agua y la comida de Gretel, nuestro pez.
El primer día que me incorporé a la Universidad, Olliver me acompañó a coger el tren, me dio uno de esos abrazos largos y me deseó toda la suerte del mundo. Estaba tan nerviosa que creo que sin su ayuda no hubiera encontrado el camino de casa a la estación. Me senté y le dije adiós con la mano. Ese día no pude observar el precioso viaje que me acompañaría cada lunes y miércoles, ni la nieve ni los pasajeros sonámbulos ni los asientos rasgados del tren. Ese día, bajé, salí de la estación, llegué al que sería mi despacho, miré por encima el temario y final e irremediablemente entré en el aula repleta de alumnos de apenas cinco años menos que yo. De lo que dije realmente no recuerdo mucho, me sabía todo casi de memoria, incluido silencios y preguntas "espontaneas". De ese día lo único tengo grabado perfectamente es el azul del acuario donde nadaba plácidamente Knut.
Salí del aula, aun en shock, y no dejé de caminar hasta que me topé con un cartel que decía Ven a ver a Knut, el oso polar. Pagué y bajé las escaleras hasta dar con el cristal helado que me separaba de él. No sé cuánto tiempo estuve sentada allí observando cada uno de sus movimientos, hasta que en algún momento, hicieron efecto en mi.
Ni los abrazos largos ni los paseos en bicicleta ni manchar un lienzo nuevo, ni siquiera compartir un barco de sushi. Lo importante, queridos míos, lo más importante es la economía, los bancos que no sirven para sentarse y aquellos que dicen que gobiernan. Tu mundo gira al rededor de ellos. Desayunas un artículo recién salido del horno sobre la subida del iva, y recibes las buenas noches por parte de un nuevo presentador de telediario. Sueñas con malas noticias o noticias malas. Y en las reuniones todo el mundo habla sobre la madre de un señor de cuyo nombre no quiero acordarme. Es tan difícil escapar. Si tienes suerte encontrarás tiempo para leer un libro, siempre que las redes sociales o tu móvil te lo permitan. Sin embargo, esa sensación, ese vacío que no se llena ni con cerveza de barril, esa sensación te va a acompañar durante no-sé-cuanto-tiempo. Siento ser yo quien te lo diga. Irá contigo de la mano a algún concierto y se sentará a tu lado en el cine.
Sólo comprendiendo mis palabras te darás cuenta de que después de intentar hacer tu propia versión de Lautrec sin éxito sólo te queda recorrer la ciudad en bici para estar con un amigo y quizás pedir sushi para cenar.
Seguir sin comprender, sin plantearse su significado. Los millones de para qué. La existencia, la curiosidad.
Puede que en la pregunta esté la respuesta. La curiosidad. Es el punto principal. Es la respuesta a por qué estás aquí, por qué vives así. Tu familia, conocidos, y la parte más esencial de la misma, el amor.
Dices que es fundamental y te pierdes cuando desaparece. Es arte. Ahí no falla. En sus diferentes formas. Sin embargo, como cualquier placer, al compartirlo aumenta su valor de forma incalculable.
En ese justo momento comienzan los llamados temores, la seguridad se esconde y la esperanza (¿qué?) se evapora. El más antiguo y humano de todos los miedos hace su entrada - soledad-.
Cada uno de los sentidos tan perfectamente ubicados saltan, se vuelven del revés, gritan. De izquierda a derecha. Arriba, abajo. Una máquina sorda.
Y ahora,
demasiada quietud.
Demasiada gente.
Silencio que no deja ver.
No sientes.
¿Qué es sentimiento?
¿Qué significa?
¿Cuál es su sentido? ¿Lo tiene?
Hay días-zombies.
Hay días en los que necesitas hablar y no hay nadie.
Y cuando eso pasa, escribes.
jueves, 8 de diciembre de 2011
El camino había absorbido el otoño hasta los tuétanos. Se pudría dulcemente de madurez. Con agua y niebla, con arrebatos de ventisca, musgo entre las piedras y en el suelo, las hojas muertas, insectos que volaban, saltaban y se arrastraban invisibles, y palitroques de ramas quebradas. Rescoldo de las fiebres del verano, se agarran desesperados, dorados, ocres y rojos. Nacían luces y sombras de un sol que no calentaba.
*
–Grazie, arrivederci.- y de un salto bajó del autobús. Sentada en el primer peldaño de las escaleras la esperaba Dounia cigarro en mano. Arriba, Hellen le ofrecia su sonrisa más bonita para desayunar mientras terminaba de hacer trenzas a Endurance. Fue a la oficina y comenzó a ver una por una las fotografías en la cámara que tenía que utilizar esa mañana. Se quedó contemplando la imagen de una niña de unos dos años y una mujer embarazada. Ninguna de las dos le eran conocidas. Pasó la siguiente, y la siguiente, y la siguiente y allí estaba el capo con esa misma mujer y esa misma niña rubia de la foto anterior, en lo que parecía un pequeño patio de una casa. En la siguiente se veía fuego y castañas en una sarten muy ancha. Dejó la cámara sobre la mesa y salió del despacho. Se asomó a la ventana y vio abajo a Dounia hablando por el movil, casi en la misma postura que cuando llegó, esta vez rodeada de colillas apagadas en el suelo y de Esther-Pepita, la gata de Dario.
–Ciao, buon apetit!.- dijo sin llegar a entrar en la cocina, el sitio de reunión por excelencia. Artura y Lucio habían salido, casi nunca permanecían demasiado tiempo en la casa, pero cuando estaban no salían de la cocina. Allí, nadie sabe como, siempre olía a pasa recien hervida Baiba estaba sentada terminando de comer su famosa macedonia con yogur. Era capaz de hablar un perfecto español con acento venezolano, inglés, italiano, ruso y letón por supuesto. – Ahorita salgo, en cuanto me termine esto pero nos vemos en elbardelseñordelbigote, ¿no?.– dijo, mientras se colocaba el abrigo del Capitán Pescanova.- Ah, casi se me olvida sorellina, llegó una carta para ti, la he dejado en tu habitación.- No había terminado de decir la palabra "habitación" y ya estaba encima de la cama con el sobre entre sus manos. Como una pequeña ventana donde asomarse cuando estuviese lejos.
–Salve, buongiorno.- dijo él y le puso su primerspritzcon aceituna. Como la mayoría de los habitantes dePadova, no podría decirse que era autóctono. Ni siquiera parecía italiano. Vivía en un piso de estudiantes a seis minutos en bicicleta de la Piazza dell'Erbe, donde trabajaba. Podría contar como se conocieron o como ella acabó en una de las habitaciones de su casa, pero esa es otra historia. Lo significativo fueron los efectos que aquella noche provocó: incremento de la capacidad pulmonar y consiguiente mejora de la respiración, fortalecimiento delcorazón, aumento del riego sanguíneo, mejora de la digestión al aumentar las contracciones de todos los músculos abdominales, y lo mejor de todo, liberación de hormonasendorfinas.
Suenan unos ladridos lejanos. Es la señal. Te imagino en el porche, al más puro estilo americano, apoyado en la baranda, mirando sin ver. Es verano, pero huele a tierra mojada, las tormentas de verano. Es temprano, no podías dormir y te has levantado de mi lado. Con intención de leer, dejaste tu libro empezado encima del típico banco de madera del porche. Nuestro porche de nuestra casita de nuestro verano. Pongo música dentro, Branda Leo, ¿por qué no? encaja. I wonder. No quiero estropear este momento. No quiero plantearme mi futuro. No quiero hacerme preguntas tontas sobre si eres esa persona que siempre se busca. No quiero saber qué vamos a almorzar, si sacaste algo del congelador, si están cerradas las tiendas. Me da igual si dentro de dos semanas te vas o me voy. Lo que importa es ahora. Me quedo inmóvil, sin dejar de mirarte. Quiero congelar esa imagen en mi cabeza. Estudio con detalle luz, color y temperatura.
Despierto en una cama de 90. Nunca he estado en América ni quiero tener un porche de madera. En el frigorífico me esperan los espaguetis con tomate de ayer.
Me pongo las gafas de cerca para ver como te vas. La silueta se nubla , el color de tu coche se mezcla con el cielo y el suelo y las caras sin ojos de la gente cansada. Se pierden los matices. Se emborronan los sonidos. Voy a tientas por un camino de tierra. Si (te) pienso me tropiezo. Si acelero el paso retrocedo. Duermo y sueño, no consigo despertarme. Agazapada en el hueco de las escaleras espero. No se hace de día, pero las luces brillan con fuerza, como vimos desde la azotea, desafiantes. Inquietantes. En un abrazo inesperado me vuelvo (in)consciente. Los latidos se traspasan al cuerpo más cercano, me dejas fría en pleno mes de Julio. Las cuerdas vocales se han roto y no tengo de repuesto. Los receptores sensitivos transforman la canción que me envías en impulsos nerviosos, que a través de las fibras sensoriales llegan a mi cerebro, provocando interminables fuegos artificiales. Pero has de saber que en Mabase nunca pasa nada. Y ya es mañana. La persiana es ferozmente atravesada por rayos de luz que van a morir a tu espalda. Ese es el mejor momento del día: El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
75. Cuando bajabas del autobús, lo pensaste: ¿Ahora?. Te has acostumbrado. La costumbre hace que el piloto automático situado en la parte más alta de tu nuca se encienda. Afortunadamente el cabello disimula el rojo brillante. Te compras un helado para celebrar que ya es verano. Intentas dejar la mente en blanco y concentrarte en el sabor del pistacho. En la luz y el viento de la playa por la mañana. Pero te cruzas con alguien que te recuerda a cierta persona, esas cosas pasan. Es inevitable.
En el piso vacio encuentras un vinilo de Simon&Garfunkel, por qué no?, te dices, ahora que no te ve nadie. Y bailas. Y echas de menos lo que no tienes ahora. Sin embargo, y sin que sirva de precedente, decides enfocarlo de otra manera. Sin dejar de bailar buscas papel y lápiz. Haces lo que mejor sabes.
Te he visto en el reflejo del espejo del pasillo. La luz roja está apagada. Por ahora.
Son las dos y diecisiete de la madrugada. Hoy sí importa el mes y el año.
El sentido de las relaciones humanas siempre ha sido aprender. Es un click en el cerebro para impulsarte. Inteligencia verbal. Es un soy capaz. Y llegar y pensar lo has hecho. Pues claro. Es posible. Como antes te decía, me motivan los cambios. Y las personas. Me atraen, me dan miedo, me tientan, me hacen querer saber más. La evolución. Es sentir que ha pasado un año con todos sus días, horas, minutos incluso con algunos segundos que se hicieron interminables. Es sentir que justo ahora me gusta estar aquí. Aunque no haya encontrado el sentido que proponía Viktor Frankl. Pues cada día va cambiando. Y habrá veces que no lo encontrarás. Eso está claro. Sabes qué? Creo que este año has aprendido el doble. Puede ser confuso, es cuestión de parar el tiempo que necesites. Es cuestión de pensar. De coger la bicicleta y volver por la noche a casa sintiendo como el viento acaricia tu cara, tu pelo. Dirigir la mirada a cada persona con la que te cruzas. Y sonríes y te ríes, justo por eso mismo. O caminar por ese pasaje secreto para comprobar un presentimiento. Jugar. Entrar. Hacer algo porque quieres. Sin que nadie sepa donde estás. Ir en zigzag. Me explico? Y confía en mi. Al final llegas a alguna parte pero ( y esto es importante ) tienes que abrir la puerta.
Ahora suena en el reproductor Sæglópur, qué mejor, no?
He estado intentando convencerme de que abandonar a una persona no es lo peor que se le puede hacer. Puede resultar doloroso, pero no tiene que ser una tragedia.
Si uno no dejase nunca nada ni a nadie, no tendría espacio para lo nuevo.
Evolucionar constituye una infidelidad, a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo.
Cada día debería tener al menos una infidelidad esencial, una traición necesaria. Se trataría de un acto optimista, esperanzador, que garantizaría la fé en el futuro. Una afirmación de que las cosas pueden ser, no sólo diferentes, sino mejores.
Knut ha muerto. Apareció flotando en el estanque de su recinto el pasado sábado a mediodía, sin haber dado síntomas previos de enfermedad. Lo bueno ahora es que no es cuestión de pensar, sólo estar, ver, actuar. Sin estratagemas por primera vez. Aún no estoy segura pero existen muchas posibilidades de haberse convertido en otro*. Ojalá OJALÁ que tenga alas, es lo único que pido. En un año o dos estarán cruzando Islandia. Anoche soñé que estaba en mitad del campo. Y me acordé de ti.
Es raro estar caminando juntos. Apenas se han conocido. Han hablado por teléfono. Bueno, digamos que han hablado. Y ahora estan caminando juntos. No demasiado rectos. Casi se podrían coger del brazo.
Respetaba el límite de velocidad, alternaba tan suavemente las marchas cortas y largas que apenas notabas el cambio. Embrague, cuarta y acelera. Nunca adelantaba si no era realmente necesario. La ventanilla, abierta tres pulgadas, dejaba entrar el viento del mediodía.
A ambos lados de la carretera hileras de árboles de hojas rojizas le impedían ver más allá.
Estaba con los brazos abiertos esperando todo lo bueno del mundo. Pero no llegaba. El peso de sus huesos se iba haciendo más pesado y todos los músculos empezaban a tensarse por la tardanza. Pero no llegaba. A lo largo del viaje se había propuesto algunos cambios, quería volver a jugar, sin embargo había estado tanto tiempo sin hacerlo que se le habían olvidado los movimientos más elementales. ¿Cómo puedes olvidarte de las normas básicas? Ahora no le importaban las máximas que había defendido apenas dos años atrás. Ahora el mundo había girado, los pies tocaban el techo y al mirar hacia arriba, sus ojos veían tierra firme. Inevitablemente tenía que plantearse nuevas estratagemas o más le valdría estar muerto.
Por casualidad cruzaba la comarcal 113. La comarcal 113 siempre trae respuestas.
La cuestión sería estacionar el vehículo, echar el freno de mano, bajarse de él. Lo demás debería llegar por sí sólo, pensaba. Dentro de ocho horas empiezo, esta vez de verdad, deséame suerte.
"La vida era un sueño febril, descubrió, y la realidad un universo sin fundamento, un hecho de fantasías y alucinaciones, donde todo lo imaginario se hacía real".