Emerick apoyó su cabeza contra la ventana, el traqueteo lo mareaba aun más. Se puso erguido y leyó uno de los pequeños carteles que esa semana habían pegado dentro del vagón:
En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día;
ya no siento el corazón.
Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.
La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea,
se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir;
Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada.
Pensó en Jocelyne, en Lea y en Clodette. Intentó memorizar la poesía. Se bajo en la siguiente parada. Subió las escaleras mecánicas y vió la luz del día. La gente estaba vestida de domingo. No hacía frio. Llegó a casa, todo estaba tal cual lo dejó: platos sucios en su habitación, el albornoz en la cama, olor a cerrado y el ordenador encendido. Se quitó la sudadera y se sentó frente a la pantalla, la miró fijamente, buscaba una respuesta, buscaba La respuesta.
Quedan setenta y cinco días para finalizar el año, ¿qué voy a
hacer?